Apenas almorzó. No sabía por qué, pero no tenía apetito. Finalmente, recogió los platos y limpió la cocina. Eran las cuatro y media: tenía todavía media hora hasta que su hijo le dejase a sus nietos.
El piso estaba en un absoluto silencio, y como estaba todo preparado, decidió refugiarse en su “sala del tesoro” para mitigar la espera. Allí tenía su colección de juegos de rol. Contemplar aquellos “libros” le relajaría, y es que en las últimas horas se había apoderado de él cierto gusanillo en la barriga. “¿Nervios ante la posibilidad de jugar una partida después de diez años? ¡Bah, papanatas de viejo!”.
En su juventud siempre se había imaginado jugando con otros ancianos en el asilo, o con sus hijos, pero la dura realidad había sido muy distinta. Hacía años que ninguno de sus compañeros de batalla vivía ya, y aunque existía la posibilidad de jugar a través de Internet, no entendía la nueva Web 4.0 -¿O acaso era ya la 5.0?-. Además, Gloria ya no estaba. Y aunque su mujer nunca había jugado, en realidad siempre había sido su única y verdadera compañera. El piso le traía muchos recuerdos: dejarlo para irse a un asilo tampoco era viable.












